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El momento tal cual no queda

No todo el mundo entiende que la verdad constituye una verdad racional, sin embargo, existen quienes creen en una verdad de corte elitista (aquella verdad de carácter dominante y que se impondrá a como de lugar sobre los ideales de las demás partes).
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En los capítulos finales de su escrito titulado In Bluebeard's Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture, George Steiner, se propuso trazar un bosquejo bastante opaco de lo que podría ser el futuro de la cultura, en el que la tradición, una práctica con evidente fecha de caducidad, quedaría recluida en un espacio académico: «Ya una parte importante de la poesía, del pensamiento religioso, del arte ha desaparecido de la inmediatez personal para entrar en la custodia de los especialistas» (p.138). Esta especialización convertiría a la cultura en víctima de lo que Steiner llama «la retirada de la palabra». En la tradición cultural «el discurso hablado, recordado y escrito fue la columna vertebral de la conciencia» (p.138). Ahora, la palabra está cada vez más subordinada a la imagen (1).

El problema con la relación directa entre "discursos" y "consciencias" es el factor emotivo. Las emociones, incluida la necesidad o el deseo por incorporar nuestra creatividad, suelen ser un agente muy peculiar de la creación, edificación e incluso interpretación de la historia. La vigencia en los ideales que Steiner alguna vez planteó en su libro publicado hace más de treinta años, nos invita a reflexionar sobre las implicaciones de estas introvertidas "emociones" a la hora de redactar o construir la historia. Debemos exponernos al pensamiento sobre las implicaciones de diversas palabras en singular y plural (verdad o verdades) y poner en duda la existencia de aquellas verdad(es) que se tratan de imponer como absolutas.

No todo el mundo entiende que la verdad constituye una verdad racional, sin embargo, existen quienes creen en una verdad de corte elitista (aquella verdad de carácter dominante y que se impondrá a como de lugar sobre los ideales de las demás partes). La religión, la razón, la cultura y en algunos instantes la ciencia, podrían ser o considerarse como portadores de verdad para este último grupo. Todos podríamos compartir una misma noción sobre una realidad, en cuyo caso, la cultura (desde nuestros orígenes hasta nuestras prácticas contemporáneas) podría convertirse en esa verdad irrefutable, a pesar de que no se llegue a un consenso sobre la materia.

La historia también está sujeta a interpretaciones de contexto, así como inducciones erróneas de la población como creer que el auge de un evento inmediatamente se considerará como parte de la "historia". Pregunto a este grupo: ¿Con qué licencia un evento cualquiera puede llegar a formar o denominar ser "historia"? ¿Quién le atribuye importancia a los acontecimientos? ¿Dónde está la importancia y qué tipo de evento amerita el que se le otorgue suficiente como para formar parte de la historia? ¿Con qué requisitos debe cumplir? ¿Se trata de un evento que deba ser portador de cambio social? ¿De progreso? ¿De evolución? ¿De entretenimiento?

Debo argumentar que no porque un evento se repita es importante. No porque le parezca importante a una mayoría compone un acontecimiento que afecte significativamente (o en su totalidad) el progreso de una sociedad; ni uno que lleve en sí la intención de realizar cambio(s); de cambiar la verdadera historia, de transformar, reducir o eliminar plenamente aquellos factores y acontecimientos que convergen en nuestra actual crisis. Es la proximidad histórica la que hace que distorsionemos su importancia; y es nuestra responsabilidad abstenernos. Si la palabra y la verdadera historia están destinadas a quedar subordinadas a la imagen, al entretenimiento, y a lo efímero, temo que el panorama que alguna vez Steiner trazó se convertirá en profecía verídica. Es el momento "tal cual no queda".

Referencias:

(1) Vargas Llosa, Mario. "Metamorfosis De Una Palabra." La civilización del espectáculo. N.p.: Santillana USA Pub Co, 2012. 17-18. Formato digital iBooks.