La vida y muerte de un activista en Guerrero, México

La vida y muerte de un activista en Guerrero, México
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La última vez que el líder comunitario y activista político Miguel Ángel Jiménez fue visto en WhatsApp fue a la 1:31 p.m. del sábado 8 de agosto.

El silencio no era común para el obstinado y siempre conectado activista que solo dormía dos horas por noche. Jiménez, de 45 años, fue uno de los primeros líderes en la búsqueda de los estudiantes desaparecidos y las fosas comunes clandestinas en Guerrero, México. Integrantes de Fuente Informativa, el grupo de WhatsApp que Jiménez estableció en 2014 para que los activistas y periodistas compartieran información y avisos sobre las protestas, violaciones de derechos y violencia, comenzaron a preguntarse dónde estaría.

Jiménez fue también el organizador de un grupo de vigilantes o autodefensa comunitaria llamada Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero, conocida como UPOEG. El grupo armó a docenas de pueblos en el estado del sureste mexicano. Después de la desaparición de 43 estudiantes en septiembre de 2014, Jiménez encabezó búsquedas en la ciudad de Iguala para hallarlos, usando el Internet y su teléfono celular para reunir pistas antes de organizar grupos de búsqueda.

Alrededor de la medianoche del día en el que Jiménez desapareció, un miembro Fuente Informativa compartió una nota de la prensa local que decía que el cuerpo acribillado a balazos del activista había sido hallado en el camino a Acapulco, a la entrada de su pueblo natal, Xaltianguis.

Apareció el miedo, y se produjo un éxodo masivo del grupo de WhatsApp que administraba Jiménez, que contenía los nombres y números telefónicos de todos. Los integrantes pronto crearon un grupo alternativo para evitar ser blanco de quienquiera que hubiera conseguido el celular de Jiménez y la lista de aproximadamente 180 reporteros, algunos de ellos mexicanos, que eran parte del grupo original.

Pero a nadie le sorprendió su asesinato. Jiménez sabía, más que nadie, que estaba viviendo con tiempo prestado. Tenía siete hijos de tres matrimonios, y pasaba meses sin ver a su familia. Dijo que pasaba lejos la mayor parte del tiempo para no ponerlos en riesgo.

"En mi ciudad, me persiguen. Han tratado de matarme varias veces", me dijo Jiménez a finales de junio, mientras conducía un destartalado Tsuru blanco de Nissan a través de los lluviosos y estrechos caminos de San Marcos, Guerrero. "Todos los activistas sociales tienen un final similar, así que no hay manera de evitarlo. Ir a la cárcel de por vida o ser asesinado. Dos destinos".

La UPOEG, junto a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y otros grupos, condenaron el asesinato de Jiménez, pidiendo a las autoridades mexicanas investigar el crimen y garantizar la seguridad de otros activistas de los derechos civiles. Aunque parece improbable que quien haya asesinado a Jiménez sea llevado ante la justicia, gente de todo México marchó con pancartas de su rostro y las palabras "No has muerto, camarada".

Escenas como esta se han convertido en parte de la vida durante la “guerra contra las drogas” de México, que se remonta a la presidencia de Felipe Calderón. Desde 2007, más de 26,000 personas han sido reportadas como desaparecidas o perdidas, y unas 70,000 han muerto debido a la violencia relacionado con las drogas entre 2006 y 2012, según indicó el gobierno de presidente Enrique Peña Nieto en un reporte de 2014 de Human Rights Watch.

La organización a la que pertenecía Jiménez Blanco decidió presentar candidatos en las elecciones municipales del 7 de junio de 2015. Tanto la campaña como el día de los comicios fueron de los más violentos que se recuerdan en el país. Murieron 21 funcionarios electorales, parientes, y gente pasaba por el sitio equivocado en el momento equivocado. (El grupo no ganó ningún escaño, los miembros dicen que, a causa de fraude y compra de votos.)

Fue en junio, exactamente una semana después de las elecciones, cuando Jiménez decidió viajar a San Marcos, Guerrero, para recoger testimonios sobre coerción a los votantes y compra de votos. Recorrió caminos llenos de agujeros y topes, entrando y saliendo de aldeas, parando de pueblo en pueblo, pegado a su teléfono, manejando con los codos y texteando a la vez. Tenía dos teléfonos móviles, una gran cuarteadura en el parabrisas, y un walkie talkie para poder hablar con la policía comunitaria local.

Jiménez era bajo y fornido, de pelo negro y ojos tan oscuros como inquietos. Vestía jeans, polos de manga corta y sandalias de cuero. Sus movimientos eran siempre rápidos y eficientes. Podía mantener varias conversaciones a la vez y no dejar de balancearse sentado en una silla de plástico rota, rodeado de gallinas cacareando y al mismo tiempo decirle "gracias" a quien le ofrecía agua.

El día que desapareció, llovía. Jiménez y otro miembro de UPOEG, Mauro Rosario, grabaron en vídeo varias denuncias de habitantes de la costa, quienes decían que les habían ofrecido dinero a cambio de sus votos. Los dos activistas subían esas denuncias a otro grupo de WhatsApp, creyendo que la evidencia podría ayudar a pedir la anulación de las elecciones.

Los residentes habían recibido pagos de entre 300 y 500 pesos ($18 a $30) para votar por cierto partido, mientras que a otros les pagaron con bolsas de comida u otros sobornos, dijo Rosario. El partido que más dinero ofreció por los votos fue el Partido Verde Ecologista. Según Rosario, ellos ofrecieron hasta 1,000 pesos ($61) por voto. “Es una farsa. Toda esta elección es una farsa", dijo Rosario... “Quien tiene más dinero, es el que va a gobernar".

Pero el capítulo más brutal de la guerra contra las drogas en México sucedió en Septiembre de 2014 cuando policías locales detuvieron 5 autobuses en los que viajaban estudiantes de magisterio de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa. Los fiscales mexicanos dicen que los policías entregaron a 43 de los estudiantes para que fueran asesinados por una banda de narcotraficantes local. Pero el gobierno solo ha identificado los restos de una víctima, y las familias de los estudiantes son bastante escépticos de las cuentas rendidas por el gobierno.

Jiménez salió a buscarlos, pero se topó con fosas comunes de "las otras víctimas" destapando una pesadilla que aún arroja cuerpos y nombres y se extiende por varios municipios de Guerrero.

Jiménez explicaba que tener Internet en sus teléfonos móviles lo cambió todo. Les hizo sentir parte de algo, de una red. "Los medios de comunicación son el poder. Pues bien, también estamos creando nuestros propios medios de comunicación y medios. Sin todo ese dinero, pero usando lo que tenemos a mano".

Aprendió rápido. Otros activistas le enseñaron a utilizar la función de chat en grupos de WhatsApp. Así conectó con grupos similares en Cancún, en Veracruz, en Oaxaca.

Aprendió de estos grupos en WhatsApp que una sola persona podía compartir información con otras muchas y así comenzó a compartir notas, fotos y vídeos con todos sus contactos, que luego podrían republicar estos relatos de primera mano como noticias en los medios en los que trabajan.

También ayudó a sus contactos, entre los que había decenas de reporteros nacionales e internacionales, a encontrar fuentes con las que trabajar al llegar al país y a Guerrero.

A veces le preguntaban si se sentía vigilado. Jiménez se reía. Durante una entrevista telefónica que le hice en primavera me dijo "Todo de lo que estamos hablando se está grabando". "El gobierno tiene mi número de teléfono y a los que estamos organizándonos se nos escucha día y noche". Habían hackeado el código de acceso de su teléfono muchas veces. Dijo que había oído su propia voz siendo grabada durante las llamadas.

"Cuando nuestros teléfonos se calientan y no estamos haciendo nada con ellos, entonces sabemos que están tomando nuestra información. El teléfono está descargando más información de la que se supone". Muchos de sus teléfonos han sido bloqueados; virus han borrado todos sus contactos y cierta información se ha quitado de su teléfono. "Alguien está haciendo eso. El hecho es que el gobierno nos está vigilando a todos", dijo Jiménez.

Algunos policías que le conocieron -- y lo llamaban Comandante--, reconocieron sin mayores problemas las escuchas telefónicas. Jiménez contaba una anécdota: "Uno de los policías me dijo 'Hola, Comandante, ¿puedes por favor no mencionar a mi mamá o maldecirla cuando estés en el teléfono? Porque puedo escucharte".

Benjamin Cokelet, fundador de Project on Organizing, Development, Education, and Research (PODER) --una ONG con sede en Nueva York y México que trabaja a favor de los derechos humanos, la rendición de cuentas y transparencia corporativa-- dijo que es habitual que se intercepten las comunicaciones de defensores de derechos humanos. Que se les siga, se les vigile. Que les pasan incluso cosas peores.

La red de vigilancia incluye información de ubicación, direcciones IP, el contenido de las plataformas de mensajería como WhatsApp, el chat de Facebook, iMessage, Yahoo Messenger y otros. Estas herramientas generan información que deja "rastros digitales" que permiten a las empresas de telecomunicaciones localizarlo geográficamente de una manera muy rápida. "No sólo es el gobierno quien hace esto. Se ha documentado que los cárteles de la droga en México utilizan estos mismos tipos de tecnologías", dijo Cokelet.

Ese domingo por la noche cuando estaba con él oscureció, pero Jiménez continuó tomando tantos testimonios como pudo, incluyendo relatos de abusos cometidos por miembros de la policía de la comunidad, un miembro de la familia que nunca regresó, una madre que buscaba a su hijo. Los escuchó a todos, grabó a algunos y a otros no. A veces inclinaba su cabeza para escuchar mejor.

En el camino de regreso a San Marcos, la luz roja para el indicador de gasolina estaba intermitente y su teléfono seguía vibrando. No había comido en todo el día y bebía sin cesar de una gran botella de plástico de bebida de naranja a la que llamaba "Poder", en referencia a una bebida deportiva mexicana del mismo nombre.

Como casi todos los días, no tenía idea dónde iba a pasar la noche. No sabía si iba tener combustible para poner en su coche. Había días en que tenía que caminar a las diferentes comunidades que visitaba, señaló. "¿No había otro tipo de trabajo para ti?", le pregunté desde el asiento trasero de su coche mientras pasábamos otro tope.

"Amo a mis hijos, óyelo bien, y por amor estoy haciendo todo esto. Pero si no tuviera idea de lo que amo, ¿entonces por qué lucharía? Algo me sostiene para la lucha. Todos debemos tener un perro que nos persiga, para que tu lucha tenga propósito".

Kara Andrade
Un votante cerca de San Marcos, Guerrero habla con Miguel Ángel Jiménez Blanco, líder comunitario de UPOEG y activista político, sobre como un partido politico ofreció comprar su voto durante las elecciones en junio de 2015.
Kara Andrade
Miguel Ángel Jiménez Blanco, líder comunitario de UPOEG y activista político, trabaja con la policía de la comunidad local para recoger documentos de la presunta compra de votos y la coerción por los partidos políticos en junio de 2015.
Kara Andrade
En el lado de la carretera, cerca de San Marcos, Guerrero, Miguel Ángel Jiménez Blanco, activista político y líder comunitario de UPOEG, intercambiaarchivos de vídeo con los compañeros de trabajo. Los vídeos eran testimonios sobre la supuesta compra de votos y la coerción por los partidos políticos en junio de 2015.
Kara Andrade
Miguel Ángel Jiménez Blanco, activista político y líder comunitario de UPOEG, habla con los votantes en las ciudades pequeñas de San Marcos, Limón,Ayutla, Tecoanapa con el fin de recoger testimonios sobre la presunta compra de votos y la coerción en San Marcos, Guerrero en junio 2015 .

Kara Andrade es una candidata para doctorado en la Escuela de Comunicación de la Universidad Americana en Washington, D.C. Sus intereses de investigación se encuentran principalmente en los medios digitales de comunicación, la tecnología, emprendimiento social, la narrativa digital y la estrategia para el cambio social en América Latina. Haz clic aquí para ver más del trabajo de Kara en el Pulitzer Center, y visita su sitio web aquí.

-- Esta historia fue publicada también en inglés en The World Post de The Huffington Post.

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